sábado, 23 de julio de 2011

Crecimiento Económico, Progreso y Desarrollo.

I de III
El crecimiento económico de una nación revela el incremento de su producto interno bruto o lo que es igual de la sumatoria de sus riquezas, en un período determinado. Sin embargo, es preciso señalar que este indicador macroeconómico es medido en un punto de la cúspide de la montaña en el cual la temperatura puede ser totalmente diferente a las encontradas al pie de la misma, sin que esto implique un desconocimiento de las mediciones realizadas.
Este crecimiento no impacta, necesariamente, las economías individuales de los ciudadanos si al evaluar sus componentes notamos que los rubros que agregan valor de manera masificada a la nación han crecido muy poco, se han quedado estancados o peor aún, han decrecido. Es por ello que todo crecimiento económico debe considerarse sostenible en la medida en que tienda a desarrollar un clima de producción interna con la activa participación de la micro, pequeña y mediana empresa. Que promueva procesos de industrialización nacional, facilitando el acceso a bienes y servicios en condiciones que les permita producir de manera competitiva, tanto para el mercado local como para el internacional.
Para ser objetivo en toda evaluación macroeconométrica, el crecimiento económico debe ser considerado tan solo como  una de las variables que definen un indicador mucho más holístico y superior, el bienestar económico.
Cuando se habla de crecimiento del bienestar económico, no solo hacemos alusión al incremento del PIB, sino también al aumento en la esperanza de vida y la salud, mayor calidad del medio ambiente, de la libertad política y la justicia social. Incluso se refiere a la producción en el hogar, disponibilidad de más tiempo libre, calidad de la educación, acceso a los medios de producción, etc. El crecimiento del bienestar social, como indicador, es mucho más humano y sincero que el crecimiento económico, medido con el PIB.   
II de III
Al evaluar el concepto “progreso” aplicado a la economía de una nación, debemos enfocarnos en analizar qué tanto ha mejorado la vida de sus ciudadanos en un punto de la historia con relación a otro. Evidentemente que este avance en la calidad de vida estará expresado en función de la posibilidad de acceso a los bienes y servicios ofrecidos por el mercado y que coadyuvan al crecimiento integral, satisfaciendo las necesidades humanas.
Aunque el progreso puede interpretarse de manera subjetiva, las distintas variables que lo definen son eminentemente objetivas y contrastables, tal es el caso del  acceso adecuado a los servicios de salud, a la tecnología, a la electricidad, al mercado laboral, a un medio ambiente sano, a la seguridad social y ciudadana, a la educación, a la alimentación, a la diversión, entre otros componentes característicos de un clima de progreso.
El progreso real se comporta en una nación de la misma manera que un líquido al ser depositado en una vasija, ya que este fluido no solo adquiere la forma del recipiente, sino que también toca de manera perpendicular y directa todos los puntos del receptáculo en el cual ha sido vertido, ejerciendo una presión homogénea y equitativa sobre toda la superficie que impacta. Por lo que todo estado que pretenda definirse como “progreso” deberá estar matizado por un ambiente incluyente, en el cual el ciudadano no solo sea definido en su función cognitiva, sino también en su función participativa, como lo desarrollara George Soros.
Las bondades del crecimiento económico deberán pues, resistir el crisol que significa evaluar qué tanto éste impacta en el progreso de las personas que integran una determinada nación. De no pasar la referida prueba de forma adecuada, el modelo debe ser revisado.

III de III
Al hablar de “desarrollo” en el aspecto económico, nos referimos necesariamente a esa capacidad que poseen algunas naciones de generar riquezas tendentes a sumergir a sus ciudadanos en ambientes que les permitan disfrutar plenamente y de forma sostenida de prosperidad y bienestar socioeconómico.
El bienestar socioeconómico de las personas es, sin lugar a dudas, la principal característica que define el desarrollo de una determinada nación o región, por lo que todas las políticas públicas que sean adoptadas por las autoridades deben tener como protagonistas de las mismas a los seres humanos de manera integral. Desde ese punto de vista, el capital humano juega un papel predominante para que el desarrollo sea alcanzado y sostenido en el tiempo. Y me refiero al recurso humano no solo desde el punto de vista del capital económico, sino en el sentido más integral de la palabra, pues si analizamos las recientes crisis regionales y globales, nos damos cuenta de que antes que económicas, fueron crisis éticas las que impidieron que el esplendor de “los felices 90” de Stiglitz continuara durante el siglo XXI.
De hecho podemos encontrarnos con países que por décadas han preparado sus recursos humanos para alcanzar el desarrollo y mantenerlo en el futuro, sin embargo, le ha faltado el capital económico que les permita insertarse en los procesos de industrialización típicos de las naciones desarrolladas.
Por otro lado, países desarrollados, hoy ven sus economías amenazadas por deudas públicas insoportables, producto de empréstitos improductivos tomados por sus autoridades para ser gastados o invertidos en proyectos de cuestionables tasas internas de retorno.
Otros corren el riesgo de tener una baja considerable en su producto interno bruto, como resultado del envejecimiento de su masa productiva. Sumado a todo esto, el componente corrupción, pública y privada, es el mayor obstáculo para alcanzar el desarrollo.
  

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